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La vegetariana / Han Kang

 

Bienvenide: Esta es una invitación a una meditación guiada de metamorfosis. Cerrá los ojos y apoyá la planta de tus pies en el piso. Respirá profundo. Otra vez. Sentí cómo el aire entra por tus narinas y recorre todo tu cuerpo hasta los dedos de los pies. Respirá  profundo porque, dentro de poco, vas a dejar de hacerlo.*

La luz entra por los ventanales del pasillo oeste del pabellón y, al fondo, una figura extraña aparece flexionada cabeza abajo, con las manos en el suelo, inmóvil. Entramos en un hospital psiquiátrico de Seúl y la paciente que espera en posición invertida es Yeonghye, la protagonista de la novela La vegetariana, de la coreana Han Kang. Inclinada hacia adelante, como en posición de Uttanasana, la encuentra su hermana Inyhe al visitarla: «Yo estaba cabeza abajo... Me crecían las hojas en el cuerpo y de las manos me brotaban las raíces... Estas se metían bajo la tierra... más y más [...] Tengo que empaparme de agua. No necesito comida, Inhye. Solo necesito agua», dice la mujer hospitalizada. Encontré el libro por casualidad entre las estanterías del Centro de Documentación del Agua y el Medio Ambiente de mi ciudad mientras buscaba algunas lecturas para el verano europeo que hacía años que no vivía. Un verano tórrido, de tormentas secas y olas de calor cada vez más largas, cada vez más habituales. 

No intentes gritar. Donde antes había labios, ahora un tallo fibroso atraviesa el rostro. Perdiste el verbo, la gramática y el lenguaje humano. Podés, sin embargo, comunicarte: señales eléctricas, hidráulicas y químicas recorren todo tu cuerpo. 

La vegetariana es una novela en tres actos, la historia de una mujer que decide dejar de comer carne, contada a partir de la mirada de tres personajes: su marido, su cuñado y su hermana. Una protagonista cuya voz es anulada en el relato y a la que solamente escuchamos a través de algunos sueños, pesadillas en las que se funden cuerpos humanos y no humanos, cuchillos, sangre, cadáveres: «No sé por qué llora esa mujer [...] No me duele. Lo que me duele es el pecho. Tengo algo atascado en la boca del estómago. No sé qué es. Siempre está ahí [...] Son gritos, alaridos apretujados, que se han atascado allí. Es por la carne. He comido demasiada carne. Todas esas vidas se han encallado en ese sitio». A Yeonghye la oprimen las vidas consumidas, al tiempo que su propia existencia es parte de la cadena de consumo de un sistema humano violento que comienza a rechazar a partir de un cambio en su dieta: una transformación/resistencia inaceptable en el orden social que ocupa y que solo desata más violencia en un entorno que la infantiliza y le atribuye enfermedades mentales como la locura. 

Según avanzo en la lectura los vínculos entre violencia machista y violencia hacia los animales se hacen más presentes, sus intersecciones cada vez más nítidas. En 1990 la teórica feminista Carol J. Adams publicó La política sexual de la carne, una teoría feminista vegetariana que no se tradujo al castellano hasta 2016, en la que expone los procesos de desidentificación de mujeres y animales que devienen en un «referente ausente» y una posterior conversión de ambos en un objeto consumible. Mujeres y animales dejan de ser sujetos de derecho al perder su identidad: el referente animal desaparece literalmente al ser troceado su cuerpo y conceptualmente al ser nombrado como carne y no más reconocido como ser vivo; el referente mujer/Yeonghye se disipa ante un marido que la considera «una mujer corriente» que se adapta «al rol de esposa común» que él desea, un cuñado que la instrumentaliza para su proyecto artístico («Supo que había llegado a un límite. Sin embargo, no podía detenerse. Mejor dicho, no quería hacerlo») y un padre que se ensaña ante su falta de diligencia («Come, hazme caso que soy tu padre. Te lo digo por tu bien»). 

Sin embargo, las relaciones entre género y especismo no constituyen la centralidad del relato. Una lectura desde una óptica ecofeminista y vegetariana es para mí prácticamente ineludible, pero Han Kang en ningún momento manifiesta una declarada intención animalista. Y si bien es la violencia estructural la protagonista que atraviesa los vínculos sociales e individuales de todos los personajes del relato, no puedo dejar de pensar en la metamorfosis de Yeonghye como una utopía, una propuesta de liberación.

Hojas de diferentes tamaños colonizan tu antiguo cabello y se enredan en tus hombros. Miles de estomas en el envés de tus hojas se cierran para proteger tus reservas de agua. Ya trabajaron lo suficiente esta mañana mientras intentabas hacer la fotosíntesis. 

Como Dafne, que para evitar el acoso de Apolo termina convertida en laurel, o Siringa, que huyendo de la persecución del dios Pan se convierte en caña, Yeonghye, deliberadamente, elige el proceso vegetal para su metamorfosis. Un devenir vegetal que sostiene un pensamiento no violento y ensaya otras fórmulas relacionales, materializado en el cuerpo propio. «Todos los árboles del mundo me parecen mis hermanos», declara la protagonista. 

[Detalle de Apollo e Dafne, de Bernini (Shutterstock)]

Stefano Mancuso, neurobiólogo vegetal, cuenta en La planta del mundo la investigación de dos neozelandeses en torno a un tocón de kauri que, a pesar de «estar muerto», seguía vivo gracias un injerto natural en su sistema radical: la conexión con los árboles cercanos permitía un intercambio de nutrientes, agua y arraigo en una relación de «apoyo mutuo». Y esa relación de cuidados y apoyo mutuo es la que se establece entre las dos hermanas de la novela. Si bien Inyhe es la única en la familia que no abandona a Yeonghye y la única que finalmente comprende su voluntad, la metamorfosis de la hermana menor es, de algún modo, salvación para la otra, arrollada por una vida de servidumbre hacia los demás: «lo que le dice el sentido de la verdad, que es glacial hasta el escalofrío, es que si su marido y Yeonghye no hubieran cruzado los límites de ese modo, si no hubieran hecho que todo se desmoronara como una montaña de arena, seguramente la persona que se hubiera derrumbado habría sido ella misma.», confirma Inyhe.

En un presente de «futuros cancelados», me alienta pensar que Yeonghye dibuja un horizonte vegetal cuya fuerza radica en la biodiversidad y la simbiosis interespecie.

Seguí transpirando. Lentamente podés volver a abrir los ojos. Estás preparadx para adentrarte en La vegetariana, un libro sobre transformación, metamorfosis y devenires no humanos. Bienvenide.

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*Los fragmentos en cursiva corresponden a la meditación guiada elaborada para la presentación del trabajo «Metamorphosis and Nonhuman Becomings in Little Joe and The Fruit of my Woman», elaborada por Agustina Rodríguez, Paola Pilatti y yo misma para el seminario de Ecogótico (UdelaR). Asimismo, la relación de algunas metamorfosis literarias con los procesos de enraizamiento, meditación y sanación son ideas surgidas de la conversación y el encuentro entre las tres compañeras.

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