En el año 1956, un hombre y una mujer leen versos del poeta nacional Sándor Petöfi, a los pies de una estatua de Stalin derribada en el centro de Budapest. No están solos. Los rodean y abrazan miles de trabajadores, estudiantes e intelectuales que manifiestan por un socialismo democrático, en espejo a las reformas generadas por Gomulka en Polonia. Sobre sus cabezas hay pancartas con la imagen de Lenin y banderas húngaras con el escudo de la “república popular” recortado. Desde el gobierno central, que mantiene línea directa con el Kremlin, acusan a los manifestantes de contrarrevolucionarios y golpistas. Como un dominó caótico, los acontecimientos se aceleran: un grupo de jóvenes toma la radio para difundir sus ideas, son aprisionados, se forman milicias para pedir su liberación, la policía política responde con una matanza a cielo abierto, el fuego crece, tanques soviéticos ingresan a Budapest y, a menos de veintes días de las primeras protestas, 200 mil húngaros huyen de su paí...
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