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Los suicidas del fin del mundo / Leila Guerriero

 



Entre 1997 y 1999, una oleada de suicidios conmovió a la pequeña localidad petrolera de Las Heras, situada prácticamente en medio de la nada y perteneciente a la provincia argentina de Santa Cruz, en la Patagonia. La mayoría de los suicidas tenían alrededor de veinticinco años y pertenecían a familias modestas, oriundas de la zona. La periodista Leila Guerriero viajó a este desolado paraje patagónico, interrogó a los familiares y amigos de los suicidas, recorrió las mismas calles, siempre desiertas, y visitó cada rincón del pueblo. Entrevistó a los vecinos, preguntó a todo el que tenía una respuesta, una teoría que explicara el drama. El resultado es un relato descarnado que reconstruye los episodios trágicos de esos años al tiempo que pinta expresivamente la vida cotidiana de una comunidad alejada de las grandes ciudades.

Las Heras, con su alta cota de desempleo debida a las oscilaciones de la industria petrolera y a la falta de futuro para los jóvenes, plantea un enigma todavía no resuelto: los suicidios, como un destino funesto, se suceden todavía hoy.

Leila investiga, pregunta, escucha. Así va tejiendo una historia, la de un pueblo que sufre de suicidio. Cuando alguien se quita la vida, buscamos el por qué, duele, sentimos culpa. Pero cuando no està claro sentimos un dolor más profundo y la angustia queda instalada. 

Un pueblo en el sur del mundo. El viento uno de los pobladores permanentes. Mueve puertas, ventanas, molesta, enfría. Un paisaje árido, austero. Una petrolera como ùnico medio de vida. Un lugar donde la vida del otro es un tema de comentarios, pero no algo que mueva a la solidaridad. El control social es muy pesado, todos ven a todos, controlan. No hay posibilidades de estudiar, de desarrollarse, de realizar actividades culturales. En Las Heras no hay teatro, no hay cine, no hay librerias. No hay espacios de encuentro. El alcohol contamina de temprana edad. La violencia patriarcal se acepta como regla. 

Pero si bien se sabe que eso sucede, fueron pocas las iniciativas para buscar soluciones. Para acompañar en el duelo de los que quedan. Para prevenir. para evitar salir de casa, tomar un cable y colgarse de un poste, en plena calle. Son muchos los lugares del pueblo donde alguien se colgó, se envenenó, se pegó un tiro. Son profundas las huellas y el dolor.

Leila escribe muy bien. Sabe cómo hacerlo y este libro, el tercero que leo de ella este año, no defrauda.

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